Visitar el centro de Puntarenas sin darse una vuelta por el Paseo de los Turistas, disfrutar de un refrescante churchill o admirar un atardecer desde el muelle de cruceros, equivale a nunca haber ido a ese lugar.
Y es que pocos destinos han sido tan simbólicos en la vida de los costarricenses. Esta ciudad, que el próximo miércoles 17 celebra su 150 aniversario, es la génesis del turismo criollo del país, pues antes de que las playas de Guanacaste o Limón empezaran a seducir con sus encantos,El Puerto , era el destino por excelencia para veranear, disfrutar de las “vacaciones de tres meses” o pasar una romántica luna de miel.
Ese fue el común denominador de gran cantidad de familias del Valle Central durante la década de 1940 y hasta finales de los años 70, cuando el estado de las carreteras y los medios de transporte disponibles para la mayoría de ciudadanos, no permitían ir más lejos.
Es cierto que en los albores del siglo XIX, la gente de San José y otras provincias viajaban hasta allá en carretas por caminos intransitables. Sin embargo, tan cansado y oneroso resultaba el viaje, que la anhelada excursión al mar podía planearse solo cada dos o tres años.
Por suerte, el panorama cambió con la llegada del ferrocarril eléctrico al Pacífico y con la construcción de la Carretera Interamericana (en 1950), que llevaron a la zona a visitantes de todos los estratos sociales.
Tal fue la ebullición turística, que los porteños se vieron obligados a abrir más hoteles, pensiones, restaurantes, quioscos y, por supuesto, los famosísimos salones de baile, donde se tejieron mil y una historias, muchas de las cuales terminaron frente a un altar.
Mediante una serie de fotografía antiguas, cortesía de la Casa de la Cultura de Puntarenas; algunas imágenes rescatadas del archivo de La Nación y el testimonio de varias personas que vivieron intensamente aquella época, Proa intentó recrear el ambiente festivo que se respiraba en esa concurrida ciudad durante tales años.
El tren de la comida
“Cuando papá nos decía que íbamos para Puntarenas, nos ilusionábamos mucho. Siempre nos íbamos en tren. Llegábamos temprano a la estación, allá por la Carit, y los chiquillos nos peleábamos para ir en la ventana. Los grandes guardaban las valijas en las cunetas y un señor con quepis llegaba a pedir los tiquetes. Aunque la gente iba comiendo todo el camino, la felicidad era llegar a Orotina, donde los vendedores nos ofrecían gallina con achiote, chicharrones con yuca, unos bananos que se llamaban pasados , frutas, dulces, de todo... Después de cuatro horas, que era lo que duraba el viaje, terminábamos llenísimos. Algunos se dormían, pero a mí me gustaba ver el paisaje, las casitas de madera con grandes corredores y barandas...”, cuenta con nostalgia, doña Lili Barquero Hidalgo, de 91 años.
Pero ella no es la única que añora aquellos paseos en locomotora. Doña Lucía Campos Portugués, de 76 años, asegura que esa aventura le imprimió un sello especial a su niñez. “Lo mejor era pasar el túnel de Cambalache. Como era tan oscuro y largo, todos abríamos los ojos, nos agarrábamos las manos y sentíamos cómo se nos aceleraba el corazón. No puedo explicar la emoción que nos daba cuando al fin sentíamos el calor y el olor a playa”, rememora esta vecina de Jardines de Alajuela.
Quienes hacían el recorrido en autobús o en carro particular, –que eran los menos–, también experimentaron peripecias, sobre todo porque, antes de los años 50, aquel trayecto era más largo y tedioso que el del tren. “La gente podía tardar hasta siete horas. Se venían por la carretera vieja y en San Ramón comenzaba el problema, porque, en aquel entonces, el camino estaba lleno de barro”, explica el licenciado Édgar Acosta Valerio quien, por motivos laborales, vivió en Puntarenas durante casi tres décadas.
Según dice la gente, la algarabía que se vivía en la estación del tren (ubicada donde hoy se encuentra el Parque Marino), o en el sitio donde arriban los autobuses repletos de turistas, era indescriptible.
Las personas bajaban con su equipaje, llevando consigo termos con café y bolsas plásticas de manigueta. A tropel, y con enormes anteojos oscuros, se dispersaban en busca de hoteles como La Riviera, Arenas, Imperial, Los Baños o, años más tarde, el Tioga o las Cabinas San Isidro, que con el tiempo llegaron a tener bastante popularidad. También era común que algunos se hospedaran en casas, propias o de amistades.
En los años 50 y 60, la mayoría de las calles de la ciudad eran de arena (no estaban pavimentadas), los niños se entretenían con trompos y otros juegos tradicionales, y se podían contar más almendros que los que existen en la actualidad, por lo que el ambiente parecía ser más fresco. De igual manera, la ciudad era menos extensa (iba desde donde se encuentra el estadio Lito Pérez, hasta el actual muelle de cruceros) y ¡todo el mundo se conocía!
“Mi familia tenía un restaurante y podría decirse que yo no necesitaba trabajar, pero aún así yo me iba con mis amigos a formar parte de los llamados Llevo, llevo , que eran los chiquillos que recibían a los turistas y les cargaban las maletas hasta el taxi o el hotel. Cuando terminábamos el día, la tradición era agarrar los cinquillos que nos ganábamos para irnos a comprar a los quioscos un pancillo llamado gato y un ‘fresco municipal’, que en realidad era agua con sirope. Todo nos costaba 15 céntimos”, recuerda don Mario González Girón, de 61 años y dueño del conocido Jardín Cervecero.
Un paseo multifuncional
A la par de los restaurantes y centros sociales que se fueron abriendo para satisfacer las necesidades de los turistas (entre ellos destacaban el restaurante Cayuga, La Eureka o el Yatch Club, para citar algunos nombres), el encanto del llamado Paseo Cortés, hoy conocido como Paseo de los Turistas, fue creciendo a pasos acelerados.
Esta especie de avenida peatonal que corre paralela al océano se ha caracterizado por ofrecer desde siempre toda clase de negocios: hoteles, bares, heladerías, discotecas, ventas de flotadores, vestidos de baño, collares y artesanías pero, sobre todo, por los platillos porteños que se expenden en los puestos. Entre ellos destacan el vigorón envuelto en hojas de almendro, el agua de pipa helada, el ceviche de chucheca y, ¡claro! el famoso Churchill o granizado con helados y leche en polvo que se sirve en copas o altos vasos de vidrio.
Aunque son varias las versiones sobre el origen de esta bebida, se dice que fue bautizada con ese nombre por el parecido físico que tenía un doctor puntarenense, llamado Raúl H. Canesa, con el líder británico Winston Churchill. Como este médico siempre llegaba sediento a pedir el enorme granizado a los quioscos, la gente terminó haciendo la relación, aseguró en una oportunidad la hermana del galeno, Ethel Canesa.
Recorrer el Paseo de los Turistasde extremo a extremo e incluir una visita al gran muelle (que data de 1928 y mide 553 metros de largo) o al elegante edificio de dos plantas que albergaba la Capitanía de Puerto, eran parte de la agenda de quienes iban a Puntarenas en aquellos años.
Y el aburrimiento no tenía cabida porque, a lo largo del trayecto, había mucho qué hacer: desde las improvisadas mejengas en la arena oscura, hasta la acción de extender un mantel bajo una palmera para disfrutar del almuerzo, como solían hacerlo las familias de menos recursos. Dado que algunas de esas personas incluían en su menú los huevos duros con pan o tortillas, se les comenzó a llamar “comehuevos” a manera de chota.
En la playa, era típico observar a los niños con sus cuerpos enterrados o saltando las olas al lado de sus padres.
Las mujeres solían lucir trajes de baño de una pieza y a nadie le pasaba por la mente calificar de “polos” a los hombres de tupido bigote que se introducían en las cálidas aguas con camisetas blancas de tirantes. También eran comunes las chancletas de hule, que se conseguían a buenos precios en los puestos de los chinos, una comunidad determinante en el desarrollo de Puntarenas .
Algunos turistas gastaban el día mirando las lanchas de cabotaje cuyo destino era Golfito o Nicoya, o bien, las pequeñas embarcaciones que, salían de otro pequeño muelle (construido en 1913) y se dirigían hacia el Centro Penitenciario de San Lucas.
En el barrio El Carmen (La Punta), se construyó unos años más tarde el Balneario Municipal, el cual permaneció abierto al público durante varias décadas y sirvió como punto de encuentro para miles de bañistas.
“La Puntarenas de antes era mucho más tranquila. A cualquier hora del día, uno podía andar por la playa sin miedo a ser asaltado o algo peor. Era un ambiente más familiar. Había más fuentes de trabajo y edificios hermosos que hacían el paisaje más agradable”, lamenta Gerardo Martínez Varela, administrador de radio Bahía, en El Puerto .
Al son del bolero
Es cierto que la playa era el principal atractivo de Puntarenas, pero los bailes en salones como El Caracol, La Deriva, el Bum Bum y Plíquiti, aún provocan suspiros entre quienes recuerdan cómo las orquestas josefinas le “ponían sabor” a las noches de verano. Entre los conjuntos más sonados en aquel tiempo estaba la Orquesta de Lubín Barahona, la Orquesta Barquero y la Orquesta Murillo.
El músico Otto Vargas Rojas, quien durante varios años amenizó actividades sociales en Puntarenas atesora inmemorables recuerdos .
“Al principio los músicos íbamos hasta allá en tren y los instrumentos los ponían en el último vagón, llamado cabús. En la estación nos esperaban las carretas para ayudarnos a trasladar todo ese pesado equipaje hasta el hotel. Eran varios los salones de baile donde tocábamos, pero al principio, el más popular de todos era Los Baños, un amplio local ubicado en el Paseo Cortés, que ofrecía a los veraneantes la oportunidad de ducharse durante el día”, evoca don Otto.
Según dice, las personas asistían a estos bailes muy bien vestidos; los hombres, por lo general, lucían trajes blancos muy frescos y las mujeres, peinados altos. “Tocábamos de todo un poco, pero no podían faltar los boleros, el paso doble, la cumbia y el merengue. La gente era muy alegre y tenía energía suficiente para bailar hasta pasadas las 3 de la madrugada”.Durante el día, además de disfrutar del azulado paisaje del mar, Puntarenas ofrecía un menú variado de actividades.
Entre ellos, las visitas al mercado central para comprar mariscos frescos o las acaloradas tertulias que se formaban en el Parque Victoria, un bello jardín de palmeras y plantas tropicales, provisto de cómodos poyos o bancos.
La costumbre ahí –como también ocurría en el Paseo de los Turistas– era que las muchachas caminaran juntas por un lado y los hombres por otro, a fin de encontrarse en un punto y lanzarse miradas furtivas y coquetas.
“Una o dos veces a la semana en el Parque Victoria había retreta y muchas personas asistíamos a escuchar a las bandas”, recuerda don Édgar Acosta, quien, al hacer memorias, también rescata el fervor religioso que formaba parte de la cotidianeidad del porteño.
La iglesia principal de la ciudad, hoy Catedral de Puntarenas (uno de los pocos templos en el país que tiene su entrada mirando hacia el oeste y no hacia el este), nunca estaba vacía y las principales calles de la cuidad confluían en ese punto.
Tan fuerte era la fe católica en Puntarenas, que una de las tradiciones más alegóricas de la provincia (después de los carnavales que se llevan a cabo en enero) son las procesiones en honor a la Virgen del Carmen, también llamada Virgen del Mar.
Esta fiesta tiene lugar en julio, cuando casi 200 embarcaciones pesqueras, decoradas con motivos marinos, desfilan por el océano y piden a la Santísima Virgen que los proteja y los libre del naufragio, tal y como se supone lo hizo a principios del siglo XX, al salvar a la tripulación El Galileo , un barco que había desaparecido cerca de la isla del Caño.
Si bien muchas de las escenas descritas por los visitantes de El Puerto y sus moradores son ya parte del pasado, hay quienes en la actualidad luchan por devolverle a Puntarenas la magia que otrora tuvo. Su playa, libre de contaminación, se ha hecho merecedora de la bandera azul ecológica;la Municipalidad, el Incop y el Instituto Costarricense de Turismo (ICT) planean rescatar sitios emblemáticos (como el Balneario Municipal, que reabriría en el 2009) y durante la temporada alta están arribando cada vez más cruceros (unos 70 barcos) con miles de turistas dispuestos a disfrutar de las muchas actividades, costumbres y tesoros que aún guarda la llamada Perla del Pacífico .