Puerto, hay lugares de los que uno nunca se va, aunque la vida nos lleve lejos.
Te llevo en la memoria como se lleva el olor de la lluvia sobre la tierra, el sonido de una puerta antigua al abrirse y aquella brisa salada que llegaba desde el mar para decirme, sin palabras, que estaba en casa.
Recuerdo tus tardes largas, cuando el tiempo parecía caminar despacio y bastaba sentarse frente al agua para dejar pasar las horas. Recuerdo las voces, las bicicletas, los pescadores regresando con el día entre las manos y esa luz dorada que, al caer la tarde, parecía cubrirlo todo con una ternura que solo conocen los lugares que amamos.
De niña aprendí que el mar también sabe enseñar. Me enseñó el arte de esperar, la sabiduría de dejar ir y esa extraña certeza de que algunas cosas, aunque se alejen, siempre encuentran el camino de regreso.
Por tus calles quedaron pedacitos de mi historia. Una conversación, una risa, una mirada que alguna vez hizo latir diferente el corazón… pequeños instantes que el tiempo no pudo borrar porque encontraron refugio en ese lugar secreto donde guardamos lo que verdaderamente nos hizo felices.
Hoy vuelvo a mirarte desde la distancia y descubro que has cambiado. Quizás yo también. Pero hay cosas que el tiempo no sabe cambiar.
Pero el mar sigue allí.
El cielo sigue extendiéndose sobre tu horizonte como cuando era niña. Las tardes siguen buscando lentamente su lugar entre los colores del atardecer y el viento todavía parece conocer mi nombre.
Y entonces entiendo que volver no siempre significa regresar físicamente.
A veces volver es cerrar los ojos y escuchar.
Respirar.
Recordar.
Y sentir que, después de tantos años, todavía existe un lugar en el mundo donde el corazón puede descansar.
Mi Puerto…
Qué bonito saber que, aunque la vida nos lleve lejos y nos haga más viejos, más sabios y quizá un poco más lentos, siempre podremos regresar a ti. Porque hay lugares que no envejecen dentro de nosotros: simplemente esperan.
Aunque sea con la memoria.
Aunque sea con una fotografía.
Aunque sea mirando un atardecer y diciéndonos bajito:
“Respira.
No te rindas.
Mira el horizonte.
El mar sigue aquí.
Y todavía nos quedan muchos atardeceres por vivir.”
